FEDERICO, EN CARNE VIVA en BITÁCORA EN LLAMAS - Encarnar el mito

BITÁCORA EN LLAMAS

FEDERICO GARCÍA LORCA: Encarnar el mito

Borja de Diego - BITÁCORA EN LLAMAS - Encarnar el mito - Sevilla, 18 diciembree 2018

Arranqué con las series, seguí con el cine y, ya que estamos, vamos a hablar de teatro.

No tenía pensado hacerlo salvo en casos muy excepcionales, con obras que me hayan impactado especialmente, y éste es uno. Federico, en carne viva es un montaje de la compañía Apasionaria, con texto de José Moreno Arenas bajo la dirección de Elena Bolaños. Dos piezas que encajan a la perfección para dar forma a un mito hecho hombre: Lorca. No su obra, aunque respira aquí. No su trayectoria, ni su talento, que también. El título no engaña porque nos traen a Lorca, el hombre. El talento arrebatado. El que posa elegante en las fotos. El que se desnuda rabioso en las cartas. El mismo al que despeina la brisa que arropaba los cadáveres aquella noche fatal. Ni siquiera debí decir Lorca: traen a Federico.

Nada más y nada menos. Un hombre desesperado por la necesidad de trascenderse a sí mismo recorre la habitación, un juego surrealista de trazos blancos, entre la intimidad de un dosel y la firmeza de unos barrotes. Ahí está Federico, salvaje, revuelto, de aquí para allá, incapaz de comprender y aceptar el mundo. Sale a su encuentro Margarita Xirgu para pedirle que se vaya antes de que todo vaya a peor. Le ofrece la que habría sido una escapatoria a la vida, pero Federico tiene otros planes: esperar. Poco importa que por todos lados aceche la muerte. Él está enamorado.

Es el punto de partida de un verdadero viaje hacia las entrañas no del poeta, sino del hombre que es el poeta. Federico pasa por una crisis creativa, personal, si es que él en sí no es la propia crisis, y lo comparte con Margarita: necesita huir de las historias que lo han encumbrado. De las historias y sus personajes. Y estos mismos personajes van a buscarlo, hablando de repente, sin que nadie les ceda el turno, liderados por la gruñona de Bernarda Alba. En un momento dado, cuando Margarita se atreve a encarnarla ante Federico, Bernarda da un paso al frente para acusar a la actriz de que ella, por mucho y muy bien que se caracterice, apenas alcanzará su sombra. En ese momento cristaliza con mayor claridad la idea de la obra, mientras Federico se deshace en florituras y arañazos contra su propio rastro. Es el ser humano contra su propia proyección, en busca de sus raíces para convencerse de que nunca fue ni será un espejismo.

Todo contado con un lenguaje cautivador. Es tal el dominio de Moreno Arenas que parecería por momentos que el que habla, efectivamente, es el propio Lorca. ¿Quién puede lograr eso? ¿Quién puede siquiera asegurarse de estar cerca? El autor, sin embargo, recoge la primera piedra y construye el altar de altares que ofrece acoger en sagrado al romancero gitano y la silueta del poeta neoyorquino. Llego a dudar sobre si parte de lo que dice el protagonista se sostiene sobre sus cartas o sus diarios, y el autor me asegura que no. Apenas esas pocas líneas de la carta que Federico lee a su amado. Moreno Arenas escribe por Lorca, ha pasado años leyéndolo hasta rozar la ceguera y ahora esta pluma empapada en sangre, tierra y auroras se clava en mí, en él y en todos nosotros. Cierro los ojos: escucho a Federico.

Este Federico, por cierto, de ojos azules. Si lo vemos de cerca, Rubén Carballés no encaja con el muchacho en blanco y negro de los retratos. Viste como él, pero ese pelo es demasiado claro y sus ojos son de acuarela. El impacto al verlo es inevitable. Para acentuar esto, tanto él como la Margarita de Elena Bolaños deambulan con movimientos muy marcados por el escenario, mecidos por un espacio lumínico y sonoro que remarcan este momento de ensueño. Como si las estatuas, o los mitos, tomaran vida. Con una cierta distancia de lo natural que sin embargo, con el paso de los minutos, se va relajando, o más bien se transforma, quizás evoluciona. Como si el poeta fuera perdiendo la naturaleza del maniquí, del mito. Como si para acariciar su frente tuviéramos antes que quitarnos los guantes. Como si hubiera que sacarlo del envoltorio para poder, al fin, tocar la carne.

Porque eso es lo que nos deja: carne. Latente, caliente todavía al tacto, no sabemos durante cuánto tiempo. Podían habernos traído a Lorca uniendo ecos, reflejos, retazos de su trabajo, rastros de su sombra, pero no. Aquí tenemos al hombre vivo, ante nosotros, mirándonos a través de sus ojos (azules, pero qué importa, si tal vez es un reflejo de su luna), respirando. Un cuerpo con vida que se llama Federico. Un cuerpo que todavía no nos han arrebatado, con sus anhelos y sus sueños. El confidente de la aurora. El rastreador de ciervos vulnerados. El náufrago de sangre. El niño que quería cortarse el corazón en alta mar. Ese Federico.

FEDERICO, EN CARNE VIVA. Cía: Apasionaria. Representada el 25 de noviembre de 2018 en el Teatro Salvador Távora (Sevilla).

Autor: José Moreno Arenas. Directora: Elena Bolaños. Intérpretes: Rubén Carballés y Elena Bolaños. Voces: Manuela Reina, Iñigo Núñez, Jasio Velazco, Nacho Gómez, Almudena Ruiz. Vídeos: Matthieu Berthelot. Diseño de vestuario: Elena Bolaños. Realización de vestuario: Almudena Ruiz. Diseño de iluminación: Diego Cousido. Diseño de escenografía: Elena Bolaños. Realización de escenografía: Apasionaria Producciones y Yanira Muñoz. Espacio sonoro: Matthieu Berthelot. Fotografía y diseño gráfico: berth99 Studio. Comunicación: La Andaluza Creativa. Producción: Apasionaria Producciones.

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